Black Forest La Niebla | 16

                              **DISCLAIMER**
Esta novela contiene palabras malsonantes, consumo de drogas y escenas de violencia y/o abuso.

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BLACK FOREST, LA NIEBLA

Capítulo 16

“¡¿Qué clase de monstruo eres?!”

Castle

1710, Black Forest.

Las llamas la envolvían por todas partes, se oía eco, alaridos desgarradores de profundo dolor en la lejanía. Entre las llamas una figura oscura, borrosa, sin una forma clara se acercaba a ella. “Es el infierno” pensó. Corrió en dirección contraría hacía ningún lugar llevada por el pánico. Corrió hasta caer en la oscuridad, el frío…

Catalina abrió los ojos.

Estaba sobre las sábanas. Su cuerpo no respondía. Quería gritar y no podía. Sintió sus labios secos como una lija, la ausencia de hidratación recorría lo más profundo de su garganta. Una rendija de luz se colaba debajo de la puerta haciéndole daño en los ojos. El aire hacía un ruido horrible al atravesar sus pulmones, como pasando por un filtro sucio. Y un olor… penetrante… indescriptible, flotaba por toda la habitación, olor a muerte. “Definitivamente, es el infierno.”

La rendija de luz se agrandó bañando la estancia de doloroso resplandor. La silueta de un hombre apareció, a contra luz no podía distinguirle, pero hasta en el más recóndito de los abismos reconocería ese rítmico golpeteo de bastón. Catalina luchó contra su propio cuerpo tratando de zafarse de las cadenas invisibles que la retenían pegada a la cama, una lucha inútil.

Constantine caminó por la sala hasta los pies del lecho, se agachó junto a algo o alguien. Catalina se percató en ese instante que había una persona amordazada en el suelo, desde la posición en la que se encontraba no podía ver lo que sucedía, sin embargo, los gemidos desesperados le dieron una pista. Constantine sacó la navaja del bastón e hizo un corte ligero en el rostro del rehén. Las gotas de sangre cayeron hasta su barbilla y el olor a muerte fue sustituido. Todo lo que Catalina podía oler, ver, sentir y desear… era la sangre.

Catalina rompió las cadenas de un salto y cayó sobre el joven como una bestia enloquecida. Mordió, rasgó y bebió, buscando saciar aquella sed, calmar esa furia. El joven gritaba de forma ininteligible de dolor y terror a partes iguales, hasta que su voz se apagó para siempre. Catalina se sintió adormecer poco a poco cuando la sangre caliente comenzó a llenar su cuerpo. En algún momento, desde el primer mordisco hasta que cayó presa de un sueño profundo, Catalina sintió algo familiar en aquella sangre, y perdió la consciencia con el rostro desencajado del muchacho en su mente. El rostro de Damien Lombard.

***

Volvió a abrir los ojos en la misma habitación oscura, aquel intenso olor había desaparecido. No sabía la razón y, aun así, podía notar que habían pasado bastantes días desde que perdió la consciencia. Se movió desde la cama hasta la mesa del tocador donde había un cántaro y una vasija junto a un trapo para lavarse. Tras secar su rostro Catalina se miró al espejo, el reflejo de una mujer le devolvió la mirada. Era una mujer con la piel pálida, azulada, casi translúcida que dejaba entre ver sus venas, no quedaba rastro de su pelo castaño, de sus pecas, sus mejillas sonrosadas, sus ojos marrones… Todo fue sustituido por una oscura melena y unos inquietantes iris grises.

Se acercó al espejo temerosa para ver sus ojos de cerca. Al hacerlo imágenes inconexas acecharon su mente. El fuego rodeándola, la imagen de Damien Lombard ensangrentado, Constantine absorbiendo la sangre de su yugular, El iris verde de Constantine tiñéndose de rojo, mirándole de forma penetrante mientras las palabras; “esposa”, “Catalina”, “para siempre”, se repetían en su cabeza como un mantra. El rostro de su madre debatiendose entre la profunda vergüenza y la insoportable tristeza. Su voz temblorosa. “Pórtate bien Anne”.

Catalina soltó un grito desgarrador que golpeó cada pared del castillo. La puerta se abrió y la figura de Contantine se unió a ella en el espejo.

-¡Tú!-Catalina empujó a Constantine contra la pared.-¡¿Qué me has hecho?!

-¿Yo? Darte un techo, una educación, una posición social… Eso es lo que he hecho. Desagradecida.-Constantine respondía impasible ante las acusaciones.

-¡Compraste a una niña! ¡Me quitaste el nombre! ¡Me hiciste creer que te amaba! ¡¿Qué clase de monstruo eres?!

-El mismo que tú querida. Todo lo que hice fue hacerte feliz.

-¡Mataste a Damien!

La cara de Constantine cambió de neutra a una mueca terrorífica como si la situación le divirtiera especialmente.

-Oh querida… eso fue obra tuya, aunque admito que disfrute de principio a fin…

Catalina retrocedió tres pasos, observando a aquel hombre desconocido.

-Tranquila mi amor, los escrúpulos también desaparecen con el tiempo.

***

Black Forest 1722.

-Señora ¿Cómo está ha descansado?

Catalina observaba la cumbre de los árboles por donde se ocultaba el sol, Tan solo unos pocos rayos seguían iluminando débilmente.

-Hola, Agnes…

-¿Se ha enterado? Ha amanecido muerta más gente. Tengo miedo, esto es una locura.-Propuso desesperada por sacar tema de conversación.

-Todo es una locura si te quedas en la superficie de las cosas.-Catalina se fijó en la mesilla de noche próxima a la ventana. Sobre ella descansaba un ramo de lavanda, algunos recuerdos le vinieron a la cabeza.

-Sí… bueno…-Agnes observó el semblante impasible de la señora durante un segundo antes de continuar.-¿Qué va a hacer esta noche? ¿Quiere tocar el piano? O Podríamos comenzar un bordado nuevo ¿Preparo té?

-Voy a salir.

-¿De verdad señora? ¡Qué alegría!-Agnes no había visto salir a la condesa desde que empezó a trabajar para ella cuando Emilia falleció a causa de esa extraña enfermedad que asolaba Black Forest.

-Trae mi capa azul y no avises al cochero, quiero caminar.

-Sí, señora.

Agnes cumplió el mandato sin rechistar. Ya estaba más que acostumbrada a la extraña forma de actuar de la señora Blackesly. La mayor parte del tiempo no pronunciaba palabra, fría, distante, como si cargara sobre su cuerpo un peso atroz que la incapacitaba para socializar o sonreír. Agnes salía de la habitación tras su señora cuando esta levantó la mano.

-Iré sola.

Con la capucha de su capa azul ocultando su rostro bajo la luna, Catalina, anduvo camino abajo. La hierba húmeda no se quejaba bajo sus pies. Al pasar por la iglesia vio a un grupo de hombres cavando la tierra mojada. “Pronto el cementerio se llenará” pensó. Caminó bosque a través hasta el lago. Miró su reflejo en el agua. Las muertes en el pueblo eran cosa de cada día. Las víctimas presentaban una enfermedad común. Un fantasma volaba sobre sus cabezas eligiendo a su siguiente presa sin titubeos. Entre los lugareños rondaban rumores de maldiciones demoníacas. Lo que había llevado a la muerte a alguna muchacha acusada de brujería.

-Buenas noches, señora Blackesley.

Catalina se volvió hacia la voz de una mujer. Al darse la vuelta vio una figura femenina esbelta, con una melena larga, rubia y rizada hasta la cadera, vestida completamente de negro. Parecía joven, pero su voz delataba sabiduría. Su presencia era fuerte, intimidante y ausente al mismo tiempo. Sin olor alguno, sin latido, sin expresión. Solo unos ojos de un brillante azul sobrenatural. No podía explicar por qué, sin embargo, tenía la certeza de que aquella mujer realmente no estaba allí.

-Buenas noches, disculpe, pero no la conozco…

-Hacía mucho tiempo que deseaba hablar con usted.- La mujer miró hacia el Lago.

-¿Conmigo?

La desconocida continuó con su mirada sobre el lago.-La gente del pueblo cocina, lava, bebe, vive de esta agua… ¿No es cierto?

Catalina dio un paso atrás. Un paso que la desconocida recorrió casi inmediatamente.

-Todo esto empezó cuando su… marido… empezó a sacar plomo de las profundidades ¿No le parece demasiada casualidad?

-No entiendo…-Catalina no daba crédito a lo que estaba escuchando.

-Si eso fuese lo único… pero no todas las muertes son iguales. Hay gente que ha aparecido muerta días después de haber desaparecido misteriosamente. Claro que… una “maldición” eclipsa con facilidad cualquier otra cosa.

-No sé de qué me habla…

-¿Dónde está su inseparable compañera…? Emilia.

-Ella…

-¿De dónde sale la sangre que les alimenta a usted y a su marido?-Cortó antes de que Catalina pudiera terminar su frase.

Aquella pregunta fue una daga afilada directa a lo más profundo. Un golpe seco. Mortal.

-Porque antes se alimentaba de usted… ahora ya no lo hace o al menos no con la misma frecuencia ¿Va a decirme que no sabe de que la hablo, otra vez?

-Yo no he matado a nadie…-La voz de Catalina salió milagrosamente de la angustiosa jaula que era su garganta.

-Conscientemente.-Puntualizó.- Ayer desaparecieron unas niñas que eran hermanas. Me apuesto lo que quiera a que sé donde están. Y seguro que usted también.

-No puede ser…-Susurró Catalina.

-Lo es. Debe pararle los pies.

-¿Qué me está pidiendo exactamente?

-Sé quién es, sé lo que es.-Dijo la mujer sin titubeos.

-Entonces también sabrá que Constantine no puede morir.

-No puede morir, pero puede ser asesinado bajo las circunstancias propicias…

-¿Qué circunstancias?

-Debemos usar su mayor debilidad contra él.

Catalina se dio cuenta de que aquella mujer sugería que fuera ella misma la que acabara con la existencia de Constantine y algo dentro de ella se retorció.

-Eso es una locura…-Catalina negó con la cabeza.

-Nadie dijo que fuera fácil. Él mismo le ha dado el poder imponiéndole esos sentimientos, la lucha forma parte del ritual. Solo su parte humana puede matarle y usted es la única que hace que aflore.

Extrañamente aquella declaración hizo que Catalina se alegrara, automáticamente, enterró esa alegría artificial y confusa en lo más hondo de su mente. Llevaba años empujando aquellos sentimientos al fondo de su ser, aquellos sentimientos ajenos agarrados a su corazón como una sanguijuela. Cada vez que lo lograba le invadía el orgullo, después la culpa y vuelta a empezar.

-Solo desaparecerán cuando él desaparezca.

-No, te equivocas, yo he conseguido mantener a raya esas emociones, sé que no son reales así que puedo controlarlo.

-¿A sí?

-Sí.

-¿Entonces porque sigue bajo su techo? ¿Por qué no ha huido? ¿Por qué no es libre?

Catalina se encontró atrapada frente a una puerta abierta, admirando el paisaje, pero sin dar el paso y cruzar el umbral. Nada se lo impedía. Solo ella. Porque en el fondo más oculto de sí misma deseaba permanecer. Deseaba creer que él la amaba.

-Acabaré con ese vínculo que la ata a él para que pueda poseer toda su fuerza. Solo es necesario sacar a flote su parte más humana. En ese momento, será lo suficientemente débil como para que pueda atravesar su corazón.-La misteriosa mujer continuó hablando ante la estupefacta expresión de Catalina.

-¡¿quién es usted?! ¡¿Qué es lo que quiere?!-Catalina retrocedió lentamente. Todo aquello era demasiado para ser procesado, incluso si no se trataba de una sorpresa. Se había convertido en una pesadilla tan real que continuar dándole la espalda era imposible.-¡Responda!-Demandó.

-Yo la acompañaré. Estamos juntas.-Le devolvió una mirada fría y altiva en lo que su presencia se disolvía en el aire hasta desaparecer.

Catalina, sin comprender, corrió campo a través. Lejos del lago. Su corazón habría latido desbocado presa del terror de haber tenido la capacidad de latir.

La espalda de Catalina se pegó a la puerta de entrada del castillo después de cerrarla tras de sí. Inspiró profundamente en silencio. Aquella mujer no podía ser real. Había perdido el juicio y no era para menos. Entró en el hall como si no fuera dueña de su propio cuerpo. Unos escalones hacia arriba después, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. El sótano. La presencia de aquel universo ardía bajo sus pies. Después de años el interior del lugar aún le era desconocido, pero percibía que Constantine estaba allí, y no estaba solo.

Se acercó a la puerta. Posó la mano sobre el picaporte. Bajó los escalones en la oscuridad perfectamente consciente de que Constantine notaría su presencia por muy sigilosa que fuera. El penetrante olor a sangre acrecentaba con cada paso. Era sangre joven, fresca, casi masticable. Catalina podía escuchar las gotas, los fuertes latidos de una aorta abierta, los jadeos de una víctima indefensa. Sintió sus colmillos salir, sus sentidos agudizarse y la sed crecer. El olor de esa sangre era familiar, la había probado antes.

Apartó las pesadas cortinas negras aterciopeladas abriéndose paso. Al otro lado, encontró unas catacumbas de piedra con numerosos ataúdes a los lados. Las antorchas provocaban que las sombras bailaran dando un aspecto siniestro al lugar, en el centro de la sala se encontraba un espacio con sillones oscuros en los cuales estaba Constantine alimentándose directamente de la yugular de un cuerpo femenino, blanquecino de sedosos cabellos rubios que no debía tener más de 13 años. En el suelo había otra niña de características similares sobre un charco de sangre, desgraciadamente, parecía que llevara algunas horas muerta. Constantine miró con satisfacción el rostro desencajado de Catalina.

-Señor…-Susurró la niña con la voz más pequeña del mundo.

Constantine se mordió su propia muñeca y la cría bebió con avidez.

-¡No!-Gritó Catalina desesperada. Se lanzó sobre él para detenerle. Constantine la atrapó por el cuello. Con velocidad sobrehumana la sacó en volandas fuera del sótano y la dejó caer en el suelo.

-¿A qué hueles?-Le preguntó con desprecio.

-Déjala ir.

-¿Con quién has estado?

-Es muy Joven… ¡Déjala ir!-Suplicó.

-No es de tu incumbencia.-La miró desde lo alto de su gran envergadura como a un insecto. Una mirada que la transportó a la primera vez que le vio, en aquella plaza junto a su madre. Cuando sus instintos más primarios la advirtieron de que ese hombre era temible.

-Constantine…

-Catalina será mejor que regreses a tu habitación y no salgas de allí…

Ese frío en la sien. Catalina lo conocía bien. Desde que su memoria le permitía recordar esa sensación de frío irracional ya estaba ahí, le impedía desobedecer a Constantine fuera cual fuera el mandato. Ahora sabía por qué. Constantine podía meterse en su cabeza y manipularla a su antojo hasta el punto de hacerle creer que le amaba. Catalina se levantó incapaz de rechistar. Regresó a sus aposentos y no salió de allí nunca más.

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