Black Forest La Niebla | 14 (I)

                              **DISCLAIMER**
Esta novela contiene palabras malsonantes, consumo de drogas y escenas de violencia y/o abuso.

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BLACK FOREST, LA NIEBLA

Capítulo 14 (I)

“Ha sido un placer…”

Cornflake girl and…

1710, Black Forest.

Las ruedas del carruaje se deslizaban sobre la tierra mojada tras la lluvia. Los cascos de los caballos golpeaban los charcos. El paisaje pasaba al otro lado de la ventana. Los verdes de los árboles se entremezclaban con alguna que otra casa hasta que el vehículo torció en dirección a la colina.

Catalina se deleitaba con el aroma a pino y humedad del bosque, era reconfortante, como si volviera a casa tras un largo tiempo fuera.

-Creo que te gustará. Tiene grandes ventanales como tú querías.- Dijo Constatine sentado frente a ella con un semblante sólido. Tenía ambas manos posadas sobre su fiel bastón ornamentado con una cabeza de león de oro, accesorio que le acompañaba a todas partes.

-Confío en tu buen hacer querido. -Contestó Catalina complacida- Solo espero que ahora podamos pasar más tiempo juntos, la mina te estaba robando demasiados días lejos de casa.

-Lo sé, pero ahora estamos a tan solo unos minutos de camino, no tendrás de que preocuparte.-Concluyó con tono tranquilizador.

El carruaje atravesó una puerta de acero parando frente a una escalinata. Constantine salió primero y ayudó a Catalina a bajar. Al posar los pies en el camino alzó la vista. Una imponente construcción se levantaba frente a ella con solemne poder. Los gruesos muros de piedra terminaban en varias torres puntiagudas que sobresalían entre los altísimos pinos. Tal y como Constantine prometía hileras de ventanales poblaban la fachada.

-Bienvenidos señores, permítanme acomodarles en sus aposentos.

Al pasar la puerta de entrada Catalina se maravilló al ver un tragaluz en el techo que daba a la sala una luminosidad asombrosa. Sobre el cristal se enroscaban ramas de hierro forjado simulando un rosal. Cuando la luz del sol lo atravesaba trazaba dibujos en la estancia.

-Sabía que te gustaría.-Dijo Constantine satisfecho.

-Es preciosa.-Catalina no podía salir de su hechizo, fue amor a primera vista.

La primera semana Constantine cumplió su palabra. Pasó tiempo en casa, en compañía de Catalina que al fin sintió que había recuperado a su amado esposo. Pero los días pasaban veloces, la mina fue haciéndose cada vez más fructífera, los inversores no paraban de llegar y los pocos minutos que separaban el hogar de los negocios parecían horas, días, semanas.

Trataba de mantenerse ocupada intentando que el tiempo pasara deprisa. Leía, recitaba, practicaba piano, pintura… En ocasiones el inmenso castillo no parecía lo suficientemente grande. Sus pasillos se repetían, sus puertas abiertas ya no escondían ninguna novedad. Una mañana en uno de estos paseos descubrió una puerta oculta debajo de la escalera que llevaba a las habitaciones. Parecía llevar a un sótano.

-Señora.-La voz del mayordomo sobresaltó a Catalina.-¿Busca algo?

-No… solo me preguntaba qué habría al final de esta escalera.

-No le recomiendo bajar. Solo hay un almacén repleto de polvo y telarañas…

-¿Telarañas?-Catalina no podía asegurar que le pareció entre ver en el tono del hombre, pero por un instante creyó que le estaba mintiendo.

-Sí, señora ¿Quiere que le prepare té? Se lo subiré a sus aposentos.

-Espléndido, gracias.

Catalina cepillaba su larguísima melena mirando por la ventana. Era un día soleado, algo fuera de lo usual en Black Forest que permanecía nublado la mayor parte del año. Gracias a ello le envolvía una vegetación exuberante, pero al mismo tiempo lo hacía triste y sombrío.

-Señora.

-¿Sí Emilia?-Contestó sin dejar de mirar por la ventana.

-Discúlpeme, pero la veo muy alicaída ¿Se encuentra bien?

-Estoy bien Emilia.-Posó el cepillo en el tocador.-Es solo que el tiempo pasa despacio en esta casa.

-¿Y por qué no sale? Demos un paseo por el pueblo le sentará bien.

Catalina suspiró sonoramente sin poder creer que un simple paseo fuera el remedio para su tristeza, sin embargo, aceptó la propuesta de Emilia y juntas bajaron al pueblo.

Entre las callejuelas se encontraron con un mercado lleno de color, música y gente. La antítesis a la frialdad del castillo Blakesley. Entre frutas, pieles, telas y cerámica, Catalina encontró algo que le llamó poderosamente la atención. Un puesto de orfebrería. Un rincón lleno de pequeñas maravillas metálicas trabajadas cuidadosamente, acarició una gema verde azulada engarzada en una pulsera.

-¿Algo que le guste señorita?- Una jovial voz masculina se refirió a Catalina con galantería.

Catalina levantó la vista hacía el dueño de aquella voz. Unos dulces ojos color miel se fundieron con los suyos de un profundo marrón oscuro y el tiempo se detuvo. El muchacho sonrió gentilmente, Catalina sintió sus mejillas teñirse de rojo.

-Si quiere probarse alguna cosa solo tiene que preguntar, todas las piezas que ve las he hecho yo mismo.

-¿De verdad?-Preguntó ella sorprendida- Es un artista.

El muchacho rio con nerviosismo ante el cumplido.

-Solo es mi trabajo señorita.

Catalina se dio cuenta en ese instante de que aún no había corregido al muchacho “No soy señorita, soy señora” pensó. Sintió cierta culpabilidad, pero el muchacho nunca fue corregido.

-¡Señora!-Dijo Emilia acercándose al puesto apresurada- La había perdido. Por favor, no se aleje sin avisarme me he asustado.

-Perdona Emilia, estaba maravillándome con…

-Señora, el señor debe estar a punto de llegar para la cena deberíamos regresar.-Interrumpió Emilia.

El carruaje las esperaba a las puertas del mercado. Emilia partió en primer lugar. Catalina se giró hacia el puesto mientras sus pies la alejaban, dos acciones tan contradictorias como sus deseos.

-Ha sido un placer…

-Damien.-Completó el joven- Damien Lombard.

-Catalina Blakesley.-Catalina abandonó el puesto con paso apresurado como si dejara una travesura a medias. Oyó como aquel joven la llamaba a lo lejos, la llamaba “señorita” a pesar de todo.

Durante la cena Constantine hablaba apasionado sobre las minas, los negocios y los planes de futuro. Sobre como el pueblo crecía gracias a él y lo famoso que se estaba haciendo su nombre. Catalina le escuchaba con los ojos atentos, tomó una cucharada de sopa llevándosela a los labios tras soplar. La manga de su vestido se deslizó hasta el codo con el gesto, desvelando una gema brillante en su muñeca. Constantine se percató al instante. Conocía de primera mano todos los caprichos de Catalina, básicamente, porque todos los había concedido él.

-¿Qué es eso?-Preguntó señalando desde el otro lado de la mesa.

Catalina se miró la muñeca descubriendo por primera vez la joya pegada a su piel, sin poder articular explicación alguna sobre como había llegado allí. “Señorita” resonó en su cabeza con tanta claridad que se alteró, al pensar que Contantine podría escucharlo.

-Es una pulsera.-Explicó-Esta tarde Emilia y yo hemos salido a dar un paseo por el mercado. Había un puesto de orfebrería.

-Entiendo… pero tú no tienes dinero Catalina.-Su voz era calmada, pero aun así severa.

-Es una muestra, la señora me dijo que podría pagarlo la próxima vez. No te lo he dicho antes porque no quería interrumpirte, querido.-Sin darse cuenta, por alguna razón, le arrebató a Damien su identidad sustituyéndole por… una señora.

-¿Cuánto es?

-200 monedas…

-200… es muy cara para ser una pieza con una gema sin valor…

Catalina miró su pulsera, acariciándola a modo de consuelo, como si aquel comentario pudiera dañar sus sentimientos de alguna forma.

-Bueno si realmente te gusta te daré el dinero para que pagues mañana.

Catalina se levantó de su asiento, corriendo atravesó la sala y besó a su esposo en los labios.

-Esa no es forma de comportarse para una dama.-Dijo Constantine sin señal de disgusto en su voz.

-No parecéis molesto mi señor.-Volvió a besarle y él la correspondió.

***

-¿Señora va todo bien? La noto intranquila.

-Sí, Emilia todo va bien.

Dentro del carruaje se respiraba una tensión indudable. Emilia no sabía a qué se debía, pero podía sentirla tan real como las piedras en el camino. La señora jugueteaba con aquella pulsera nueva mirando por la ventana deseosa de llegar al destino.

Una vez en el pueblo se percataron de que ese día no había mercado en la calle. Por suerte, todo el mundo sabía donde se encontraba la Orfebrería Lombard, así que, solo debían caminar unos minutos.

Atravesando las calles se encontraron frente a la puerta de una vivienda a una mujer arrodillada llorando de forma desesperada. Un grupo de personas trataba de tranquilizarla, sin embargo no parecía surtir mucho efecto.

-¡No puede ser! ¡Él también no! ¡Por favor, Señor, ten piedad!-Gritaba ahogada en un pozo de lágrimas.

-Dios mío…-Susurró Emilia.- Esto es terrible.

-¿La conoces?

-No mucho, solo de vista. Sé que su hijo estaba enfermo… Es una tragedia, su marido murió la semana pasada…

-Pobre mujer…

-Algo está pasando señora. Ya he oído hablar de otros casos similares, tengo miedo.

-Solo mantente alejada de los enfermos y estarás bien.-Le aconsejó Catalina.

-¿Y si no es una enfermedad?

-¿A qué te refieres?

-¿Y si es una maldición?

-Emilia…-Catalina puso los en blanco.

-¡Piénselo señora! Hubo varias ejecuciones cuando yo era una niña. Eran brujas, de carne y hueso.

-Matarlas no ha hecho que la gente deje de morir…

-Puede que no las hayan encontrado a todas, tienen al demonio de su parte.-Aseguró con los ojos muy abiertos.

Catalina se quedó en silencio un instante, dándole vueltas a lo que Emilia quería decir. La idea de la maldición le parecía una completa locura, aunque resultaba significativo que la bonanza económica trajera consigo una enfermedad tan contagiosa. Si ambas cosas estaban relacionadas entre sí no era difícil llegar a la conclusión de que el cambio más sustancial que había sufrido el pueblo era la ampliación de la mina en busca de plomo. “No, no puede ser. Constantine no permitiría que ocurriera. Además, si así fuera las víctimas serían mineros, pero la enfermedad va mucho más allá.”Pensó, convenciéndose así misma.

Avanzando un par de calles más se encontraron con el letrero de “Lombard” encima de una puerta baja. Catalina intercambió miradas entre el letrero y Emilia, Emilia y el letrero. Su cabeza calculó una escapatoria en cuestión de segundos antes de llegar a la puerta.

-Emilia, la casa Blackesley es muy poco colorida ¿No le parece?-Preguntó Catalina a su sirvienta.-Dijo en voz alta la primera escusa que se le ocurrió.

-Sí, es luminosa, pero poco… colorida. Sí.-Dijo Emilia sin saber muy bien a donde quería llegar su señora.

-¿Qué podríamos hacer para solucionar eso?

-Pues… No lo sé señora… Quizá algunas flores podrían animar el ambiente…-Dudó de su respuesta.

-Sí, flores. Eso es.-Dijo Catalina entusiasmada- ¿Por qué no compras algunas para el comedor?

-¿Yo señora? No entiendo de flores.

-No seas modesta Emilia, seguro que harás una buena elección. Confío en ti.

-Pero… tampoco sé donde…

-Llévate el carruaje.-Concluyó Catalina dejando a Emilia atrás.

No sabía en qué momento se había convertido en una mentirosa compulsiva, y tampoco quería saber, o reconocer, el por qué.

Al abrir la puerta se escuchó una campanita. Dentro de la tienda todo era brillante y de piedras preciosas, piedras sin valor para su marido, pero preciosas al fin y al cabo.

Del interior de la tienda salió un hombre mayor que compartía algunos rasgos con el chico que buscaba.

-Hola, señorita ¿En qué puedo servirla?- La voz ronca del hombre saludó a Catalina educadamente.

-Buenos días… verá esta pulsera…-Se la mostró en su muñeca.

-¡Oh! Es una de las creaciones de mi hijo ¿Hay algún problema?

-No, verá, yo quería… Su hijo me la enseñó y yo…

-¡Damien!-El hombre gritó al interior del almacén- Ven a atender a esta señorita.

Damien salió quitándose unos anteojos con lupas de la cara. Sonrió al comprobar que la clienta era la “señorita” del día anterior.

-Sí padre, yo me ocupo.-Dicho esto, el señor desapareció entre las piezas por detrás de la tienda.-¿En qué puedo ayudarla?-El tono de su voz se volvió significativamente meloso cuando se dirigió a ella.

-Venía a pagarle esto, debí llevármela por accidente, lo siento.- Catalina no podía ocultar el nerviosismo en su voz, sus manos temblaron al dejar la bolsa de dinero sobre el mostrador.

-No fue ningún accidente, fue un regalo señorita.

-Verá, aprecio el gesto, pero no puedo aceptar que me regale nada. No soy señorita, soy señora, mi esposo…

-Constantine Blakesley, sé quien es. Lo supe cuando la vi, no mucha gente por aquí puede permitirse sus ropas, ni su carruaje.

-Si sabe quien soy es bastante descortés por su parte que insista en llamarme “señorita”, y mucho peor que me regale esto.

-Puede, pero aún no se la ha quitado.

-Pero…¿Cómo se atreve a..?

-¿Y pretende decirme que ha venido hasta aquí un día en el que no hay mercado únicamente para pagarla?

-Pues por mucho que le cueste creerlo así es.-Dijo Catalina visiblemente ofendida.

-Podría habérsela pagado a mi padre.

Catalina podría haber replicado, pero sabía que la verdadera razón por la que estaba allí era porque quería ver al joven Lombard. Quería verle, y quería que fuera a solas, de otro modo Emilia estaría allí con ella. Necesitaba comprobar si lo que sentía se confirmaba o había sido un simple malentendido. Sin embargo, la confusión acrecentaba cuanto más se reclinaba el muchacho sobre el mostrador para hablar con ella. Acostumbrada a la templanza, incluso frialdad, de su marido, aquel comportamiento le parecía casi obsceno y no sabría decir si le provocaba pavor… o satisfacción. Una parte de ella quería salir corriendo, pero la parte que prefería quedarse iba ganando la partida, y allí estaba, clavada en el suelo con tan solo un mostrador protegiéndola de caer en la tentación.

-Esa pulsera fue hecha para usted por eso se la regalé.

-Usted no me conocía cuando la hizo, no intente engatusarme.

Damien rio ante la idea de engatusarla.-Puede que no la conociera, pero hice esta pulsera para una muñeca como la suya.-Damien acarició la pulsera ligeramente, sus yemas rozaron la piel de Catalina- y no hay otra igual.

-Debería irme.-Dijo Catalina con un hilo de voz, sin moverse.

-Debería volver mañana.

-No lo haré… es un error.

-No se sienta culpable, lo que le ocurre es perfectamente normal.

-¿Normal? Señor Lombard estoy casada.

-Sí, lo está y no es justo ¿Por qué habría una mujer joven como usted casarse con un hombre como su marido?

-¿A qué se refiere?

-No conozco a una sola joven que acceda a dar su vida por un hombre con el que se lleva tal diferencia de edad.

Catalina retiró la mano del mostrador. -Se equivoca. Yo amo a mi marido.

Damien enderezó la postura separándose de Catalina. -Entonces, regrese a casa. Señora.

Aquel “señora” le rompió el corazón. Catalina salió de la tienda dejando la bolsa de dinero sobre el mostrador, junto con sus sentimientos por Damien Lombard. El muchacho abrió la bolsa a desgana, sus ojos se abrieron como platos al ver la cantidad de monedas en su interior, era mucho más del valor real de la pieza.

En el camino Catalina dejó escapar algunas lágrimas, sabía que era su única oportunidad de hacerlo sin que hubiera preguntas. Preguntas a las que no quería contestar, para las que no tenía respuesta.

-Señora, he buscado flores, pero desgraciadamente no venden en el pueblo, puede que en el próximo mercadillo traigan. De todos modos una amable señora me ha regalado este ramo para usted-Emilia le mostró ilusionada un enorme ramo de flores lilas.

-¿Lavanda?

-Sé… que no son muy coloridas… pero huelen muy bien… ¿Está disgustada señora?

-No… Tienes razón huelen muy bien. Vayámonos a casa.

De camino al carruaje Catalina no pronunció una sola palabra. Emilia la seguía de cerca, intentó entablar conversación un par de veces hasta que desistió. Catalina puso un pie para subir al carro.

-¡Señora Blakesley!

El corazón de Catalina dio un vuelco. Emilia se dio la vuelta para descubrir al muchacho del puesto de orfebrería parado en mitad de la calle con la bolsa de dinero en la mano.

-Señor Lombard ¿Qué ocurre?-Dijo Emilia.

-Necesito hablar con su señora.

Catalina dio media vuelta con el pie aún en el carruaje.

-¿Sí?

-Verá, la pulsera que le vendí vale 50 monedas como mucho… Esto es demasiado.

-¡Vaya! Ha venido desde la tienda para devolver el dinero, es muy honrado ¿Verdad señora?-Dijo Emilia asombrada con el chico.

-Sin duda, pero es un pago por un trabajo bien hecho, no tiene que devolvérmelo.

-No puedo aceptarlo.

-Por favor le ruego que lo haga, el esfuerzo tiene recompensa. -Catalina se sentó en el interior del carruaje.

-Me esforzaré más en ese caso.-dijo con una media sonrisa.

Los ojos marrones de Catalina le miraron desde el interior entendiendo que aquello fue una declaración de intenciones. Y sintió algo fuerte, poderoso, aterrador. Esperanza.

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